Tomado del periódico El Nuevo Día
Juan Antonio Agostini – Publicista
“El Partido Independentista Puertorriqueño ha quedado inscrito en todo Puerto Rico” ( Gilberto Concepción de Gracia, 1 94 8 )
H oy hubiera sido un e-mail. Pero en 1948 el epígrafe de este escrito fue transmitido en clave Morse desde la isla-municipio de Culebra. Era el texto del telegrama con que Gilberto Concepción de Gracia campechanamente despachaba el burlón vaticinio de Luis Muñoz Marín de que el PIP se terminaría de inscribir “el día que Concepción de Gracia cumpla 99 años”. Éste apenas tenía 39.
Tan ocurrente intercambio se afincaba en una realidad insoslayable: inscribir un partido en aquella época casi era misión imposible. Tanto por la exigencia de notarizar millares de firmas por todo el país como por tener que encontrar jueces disponibles -y dispuestos- para oficializar la inscripción.
Aun así, el PIP terminó de inscribirse y en sus primeras elecciones obtuvo unos 65,000 votos, cantidad que duplicó en 1952 convirtiéndose en el segundo mayor partido del país.
En 1956, la colectividad sufrió un bajón estrepitoso al recibir apenas 86,000 votos. Abundan razones y sinrazones para aquella debacle y su empeoramiento en consultas electorales subsiguientes. Entre otras, las persecuciones abiertas y encubiertas contra el independentismo; el éxodo de puertorriqueños hacia Estados Unidos; las divisiones y recriminaciones entre el PIP y otras organizaciones patrióticas; la idolatrización de los símbolos emblemáticos de la metrópolis tan fielmente caracterizada y caricaturizada en los don Eleuterios de la vida; las oleadas de exiliados que –amén de recrudecer el miedo a la libertad con escalofriantes historias de horror de sus países de origense integraban al registro electoral y votaban en bloque por los partidos ant i – i n d e p e n d e n t i st a s.
Pero, a nuestro juicio, lo que desde los años 50 aceleró el declive en apoyo a la independencia fue la explicable contentura del pueblo con un evidente brote de progreso material y una deslumbrante bonanza económica que la propaganda oficial falazmente atribuía a lo que había sido meramente un cambio de nombre para la aún inalterada relación entre colonia y coloso.
Hoy -cuando las historias de horror son noticia cotidiana en Puerto Rico- una lectura objetiva de la realidad puertorriqueña a partir de aquellos años corrobora que el llamado estado libre asociado, lejos de ofrecerle al País poderes soberanos con los cuales promover, alcanzar y proteger un justo desarrollo, respondía mayormente a los planes neoimperiales y militares de los Estados Unidos en plena Guerra Fría y a favorecer con pingües incentivos los intereses mercantilistas de la industria, la banca, el comercio y el agro de esa nación.
Claro que mientras duró la aparente amenaza soviética y duraron aquí las regalías al capital foráneo, el país se benefició de abundantes inversiones y de un sobrante colateral que alcanzó, no para saciarnos, pero sí para sacarnos de la extrema pobreza que nos acompañó durante el primer medio siglo de dominación norteamericana. Y eso -aunque no descolonizaba- conformaba.
Gilberto Concepción de Gracia previó las adversidades eventuales de aquel desarrollo inmediatista, absentista, desarraigado y alienante. Y nos previno.
Pero, sus contemporáneos no lo comp re n d i e ro n .
El 9 de julio nuestro noble prócer hubiera cumplido 99 años. Muchos se preguntan si en las elecciones de noviembre el partido fundado por Concepción de Gracia quedará inscrito o hasta si merece estarlo. Aunque me incluyo entre los críticos bien intencionados de algunas actitudes y expresiones del liderato del PIP -y ellos lo saben- al igual que de las actitudes y expresiones de otros sectores igualmente patrióticos -y ellos también lo saben-, entiendo que para los que queremos adelantar -sin desvíos ni demoras- la búsqueda pacífica del ideal patrio no hay ninguna otra opción electoral que no sea fortalecer al máximo el instrumento que con tantos sacrificios y tanta esperanza nos legó Gilberto Concepción de Gracia. Nobleza obliga.
Si titubeamos, corremos el riesgo de perderlo todo sin adelantar nada. Seguiríamos remeciéndonos en el sube-y-baja compartido entre dos propuestas igualmente inútiles -la que predica una elusiva anexión suicida o la que se allana a una ilusa “s o b e ra n í a ” subordinada- huérfanas ambas de los poderes que esta patria merece y necesita.