La montaña y las mujeres muestran su poderío

Por Jesús Dávila

SAN JUAN, Puerto Rico, 26 de Septiembre de 2008 (NCM) – El registro electoral final para los comicios de noviembre presenta un país de contrastes marcados en momentos en que las preguntas principales son qué efecto tendrán las tendencias demográficas en la política puertorriqueña y si se iniciará una ruta nueva que pueda ser duradera.

 

A pesar de que la Comisión Estatal de Elecciones, mediante una intensa campaña, logró recuperar el terreno perdido en los comicios generales de 2004 –cuando se produjo la primera baja absoluta en la participación de electores y en el propio registro- las ciudades grandes como quiera se quedaron cortas en llegar a la meta, mientras sigue el crecimiento sostenido en la zona montañosa.

 

De igual forma, el registro permite ver el perfil del elector y se destaca que el 53.29 por ciento son mujeres. Pero además, el 73 por ciento de todos los inscritos está entre los 20 y los 59 años y en esa parte del universo electoral boricua, el 70 por ciento son mujeres y 30 por ciento varones.

 

Esos desarrollos son de particular importancia no sólo por los comicios generales de noviembre, sino porque esta nación caribeña de cuatro millones de habitantes en su territorio se enfrenta a la posibilidad de que la discusión de su condición de colonia de Estados Unidos conlleve movilizaciones políticas intensas en los próximos años.

 

La CEE hizo públicas el jueves las cifras finales del registro electoral, que cerró el día 15 de los corrientes, y que en términos globales tiene 2,458,036 ciudadanos inscritos para votar. Así quedó superado el peligro de que se produjese otra baja en el registro luego de que en el 2004 se redujo a 2,440,131 y además se superó el que había sido el año pico de 2000, cuando había 2,447, 032.

 

A primera vista los números presentan un sistema electoral recuperado de los tragos amargos de bajas absolutas en el registro y la participación en 2004 y del descalabro ocurrido en 2005 cuando los electores que acudieron al referéndum sobre la reforma legislativa apenas representaron poco más del 20 por ciento de los votantes hábiles. Mirados de cerca, sin embargo, los números cuentan una historia más complicada.

 

Los siete municipios que componen la zona metropolitana, si bien tienen cientos de miles de electores nuevos o reactivados, se quedaron cortos en llegar a lo que era en el año 2000 por 21,366 votantes inscritos. En total, los municipios de San Juan, Guaynabo, Bayamón, Cataño, Toa Baja, Carolina y Trujillo Alto, tienen 676,160 electores, en comparación con 697,526 que tuvieron en el año 2000, tendencia que se notó también en las ciudades de Ponce en el sur, Mayagüez en el oeste y Arecibo en el norte.

 

Esa limitación subsistió a pesar de que de los diez municipios en que hubo más electores nuevos o reactivados en el registro, seis fueron del área metropolitana y dos de Ponce.

 

Mientras tanto, veinte municipios del corazón montañoso de Puerto Rico, no sólo llegaron a la marca del año 2000, sino que la superaron por 14,807 electores. De hecho, mientras las ciudades grandes recibieron el golpe del 2004, esos veinte municipios observados en la montaña han mantenido un crecimiento sostenido de 375,004 votantes en el año 2000, a 379,827 en el 2004 y ahora con 389,811.

 

Si se sigue en el mapa la ruta hacia el oeste de la Cordillera Central –que casi cruza de un lado al otro a Puerto Rico- se registró el crecimiento sostenido en San Sebastián, Lares, Las Marías, Maricao, Adjuntas, Jayuya, Ciales, Florida, Morovis, Orocovis, Corozal, Naranjito, Barranquitas, Comerío, Coamo, Villalba y Cidra, mientras que mostraron alguna reducción durante el período sólo Utuado, Aibonito y Cayey.

 

El debilitamiento relativo de la participación electoral en las ciudades grandes parece coincidir con las advertencias hechas en 1996 por el planificador Elías Gutiérrez, quien indicó que la estrategia para la conversión de Puerto Rico en una isla-ciudad traía consigo la formación de bolsillos de exclusión social, económica y política cada vez más grandes.  

 

De otra parte, la propia recuperación no se produjo debido al devenir normal de las tendencias demográficas sino a una acción concertada que dirigió la CEE ante las perspectivas de que continuase ahondándose la baja. En específico, la CEE contó con los servicios de una importante agencia de publicidad que investigó a fondo las actitudes positivas y negativas que tenían los votantes potenciales con respecto al sistema electoral y se desató un verdadero bombardeo de publicidad y reclutamiento.

 

En privado, peritos electorales se cuestionan si los partidos políticos –que pasan por un período de descrédito público- lograrán capitalizar el esfuerzo realizado para cortarle el paso a la tendencia a abandonar las urnas, que produjo en 2004 el año de mayor retraimiento electoral.

 

El panorama sobre las edades y el género de los electores inscritos plantea también retos para las formaciones partidarias.

 

El primer dato que se desprende del registro es que la madurez política de los puertorriqueños no coincide con la edad legal de 18 años sino que comienza un poco después, a juzgar por lo exiguo de la inscripción de electores antes de cumplir los 20 años.

 

Segundo, las mujeres presentan una participación electoral más duradera que los varones. Así por ejemplo, mientras la participación de varones en números superiores a los 100,000 para cada grupo de edad se produce de los 20 a los 44 años, las mujeres tienen sobre 100,000 votantes en cada uno de los grupos por edad de los 20 hasta los 59 años.

 

Pero al igual que con respecto a las diferencias entre las ciudades y la montaña, esa participación por edad y género parece tener también contrastes marcados.

 

Por ejemplo, en San Juan, los niveles más altos de participación en las mujeres se extienden de los 20 hasta los 64 o hasta 69 años y en los varones hasta los 49 años. En contraste, en Jayuya, en las mujeres puede extenderse hasta pasados los 70 años y sobrepasar los 65 años en los varones.

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